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De
rodillas junto a la figura de su Marshtomp prisionero en el hielo,
con el rostro arrugado y los hombros caídos, sin esperanza, Izzy se
encontró de pronto con la mano abierta de Eichi junto a ella.
-Ponte de pie –Le dijo con gentileza, –no hemos perdido todavía.
Antes de cualquier respuesta de la chica, sin embargo, Kuro apartó a
su amigo, la asió de un codo sin emitir sonido y la alzó de un
brusco tirón.
Izzy no se movió, con la cabeza y ojos gachos.
Kuro le dio la espalda.
-Levanta la cabeza. –Murmuró, algo quizás distante, quizás lejano.
Un niño flacucho y andrajoso, de no más de cuatro o cinco años, rodó
sobre el fango, rompiendo con la cabeza un barril podrido, y
enviando a rodar en varias direcciones un par más.
Otro chiquillo, no mucho mayor que él, se adelantó y cerró el
pequeño puño sobre el cabello negro y mugriento del atacado,
levantándole la cabeza de la porquería. Sus ojos, recuperando el
foco tras el golpe, carecían de la fiereza que los caracterizara
años más tarde. Sin embargo había en ellos un talante lóbrego e
inquietante; Una oscuridad impropia de la inocencia usualmente
asociada con un niño. No era tristeza ni odio, más bien una locura
fría y desapasionada, como si fuese solo un espectador de aquellas
degradaciones, y no la victima.
Dos niños más cuidaban la espalda del bravucón, vigilando que ningún
aldeano descubriese su cruel travesura.
-¿Ves lo que ocurre por atreverte a mostrar el hocico en el pueblo
después de lo que ha pasado? ¿Cuándo vas a entender que los perros
se tienen que quedar en sus casetas?
Escupiendo un poco de barro, Kuro musitó un torrente de
imprecaciones hacia sus captores y sus familias.
-He, ¿aún te quedan fuerzas para ladrar? –Y con eso, el niño le
hundió los nudillos debajo de las costillas, y una lluvia de saliva
se perdió en el lodo.
-¡Mírenlo, babea como un perro! –Chilló alegremente.
-¡Un perro, un perro, un perro rabioso! –Canturrearon los otros a
coro.
Satisfecho, el muchachito acercó el rostro sucio y demacrado de su
victima al suyo:
-Te voy a dejar ir, así puedes irte con la cola entre las piernas,
igual que tu papá, ¿no te alegra? –Se escuchó una voz infantil
protestando más atrás; “No lo sueltes todavía, Ginta, no lo golpeé
ni una vez”.
-¡Ya lo tengo! Dejaré que te vayas, pero solo si dices “Soy un perro
rabioso” y sacas espuma por la boca, ¿qué tal eh?
Risas como picaduras de avispa resonaron en el callejón.
Divertido, el niño soltó el cabello de Kuro, cuyas manos huesudas y
raspadas salpicaron de barro al caer. Se quedó muy quieto,
ocultando la mirada.
-¿Y bien, qué esperas?
-¡Vamos, dilo!
-¡Bien alto, para que todo Oldale te oiga!
Sin levantar la cabeza, las palabras escaparon del tajo curvo en su
rostro que imitaba una sonrisa:
-Los voy a matar a todos.
Las risitas desaparecieron al instante, y durante unos segundos,
ninguno supo realmente qué decir. Las palabras tenían tal
convicción, que no pudieron evitar sentir el cosquilleo del miedo.
No cabía duda; este no era un niño normal; Definitivamente había
algo negro y podrido adentro suyo.
El tal Ginta reaccionó por fin:
-¡¿Te crees muy gracioso, perro rabioso?! ¡Pues cambié de parecer!
–Miró un momento a su alrededor, y levantó una tabla del barril roto
semioculta por el fango.
–¡Voy a quebrarte la cabeza como una sandía!
Sus cómplices no se mostraron del todo convencidos con la idea.
-Oye, Ginta… ¿no crees que es demasiado?
-Está bien, de cualquier modo a nadie le importa lo que le pase a
este perro. Todos vamos a estar mucho mejor si desaparece.
-Pe-pero... ¡¿UH?!
Los dos chiquillos restantes se volvieron bruscamente ante la
extraña interrupción: Ante ellos, sosteniendo al otro en alto por la
tira de los pantalones con una mueca de hastío, se encontraba lo que
a sus ojos era una diosa hermosa y terrible; la piel blanca y
cabello de fuego estaban envueltos en una cortina de niebla mística
–los niños estaban demasiado impactados para notar que era simple
humo del cigarrillo pendiente de sus labios- y sus ojos cerúleos
pálidos e indiferentes los juzgaban con arrogancia.
-Tch, mocosos de mierda.
Lanzó al niño hacia atrás descuidadamente, y el salpicón de lodo no
llegó a mancharla, en apariencia repelido por su aura de poderío.
Sus pantorrillas delgadas y níveas avanzaron con resolución,
asomando con audacia entre el tajo de su larga falda negra. Ginta
fue la siguiente víctima.
-N.. ¡¡No te acerques, bruja!!
Dos ancianas que cuchicheaban a media voz no muy lejos de ahí,
alzaron las cabezas cual par de gallinas sobresaltadas cuando un
grito infantil partió la quietud de la tarde:
-¡¡UWAAAH!!
Un trío de chicuelos huían de un callejón como alma que lleva el
diablo, trastabillando y dando tumbos. Uno de ellos estaba cubierto
de barro de la cabeza a los pies, y el mayor en apariencia, con
lágrimas en los ojos y las manos en sus partes íntimas, tenía
abultado de fango el interior de los pantalones.
Kuro no dijo ni una palabra, los puños sucios apretados sobre las
rodillas y los hombros temblorosos. Por los espasmos de su pequeña
figura, era evidente que estaba intentando contener los sollozos.
¿Por qué eran tan distintos? ¿Por qué, mientras él estaba de
rodillas en la porquería, humillado y patético, su tía aparecía
majestuosa e intocable? ¿Acaso no tenían la misma sangre fluyendo
por sus venas? ¿Qué era eso que le picaba ahora el pecho con
insistencia? ¿Envidia? ¿Odio?
El contacto de una mano cálida en su muñeca le impidió seguir
retorciéndose, y Yuki lo puso de pie fácilmente. Su cabello era una
viva pinta rojiza encendiendo el interminable mosaico ceniciento de
Oldale.
-¿Eres un hombre, no? -Le dijo –Pues levanta la cabeza.
Izzy
enderezó el cuello. Desde su posición, solo podía ver la espalda del
muchacho, su pelo listado de copos blanquecinos tenía ya buena parte
de las mechas congeladas.
-Quédate ahí si quieres, siéntate y espera, reza, lo que se te
ocurra. –Le dijo Kuro con aspereza. –Pero no te acompañaré. No
bajaré la cabeza ante nada ni nadie, ni siquiera este cubo de hielo
legendario, ¡¡Con estas Hirameku, maldito sea su filo, cortaré todo
lo que se ponga en mi camino!! ¡¡Y aún si- y aún si fallo- –Su voz
se volvía más apasionada tras cada palabra, hasta que, afectada por
el frío seco, se le quebró en un acceso de tos. Sus ojos encontraron
la tira de lino negro enlazada en su puño derecho. –No…
Izzy lo miró confusa.
De un tirón, Kuro se arrancó el pañuelo azul del brazo. El
movimiento trazó un arco azul en el aire, cientos de fragmentos
blancos revoloteando en torno suyo.
Se lo amarró en la cabeza.
-No hemos hecho suficiente ruido aún. –Declaró, apretando el nudo
con energía.
Eichi soltó un suspiro, murmurando un “no hay remedio”, pero su
tenue sonrisa y la luz bailarina en sus ojos traicionaban su
excitación. Se adelantó. Keiken y Kasen se alinearon, el segundo
impartiendo mayor calor a la pelusa que cubría su cuerpo.
Con los ojos muy abiertos, la muchacha giraba la cabeza hacia ambos
jóvenes repetidamente, preguntándose si el frío les habría hecho
perder la razón.
Kuro no tenía pensado alargar la antesala. Hundió un pie en la
nieve.
-Esperen. –Dijo Izzy. Por varios segundos pareció indecisa, pero
finalmente se sacudió el granizo de las rodillas y suspiró, el vapor
tibio formando una espiral traslúcida. –Si vamos a suicidarnos, al
menos finjamos que tenemos un objetivo.
Sus compañeros se frenaron, sorprendidos, pero Eichi sonrió
rápidamente ante el “vamos”.
-¿Por ejemplo…?
-En la mitología hebrea, se hablaba de los Golem, criaturas
compuestas de diversos minerales, metales o piedras preciosas, a las
que se les daba vida por medio de una inscripción mágica en sus
frentes.
-¿…Y? –Inquirió Kuro, alzando una ceja oscura y crespa, que
desaparecía bajo la tela azul de su bandana.
-Se decía que para detener a un Golem, bastaba con borrar esa
inscripción, y el monstruo se deshacía como arena.
-¿Y? –Repitió el muchacho, aunque comenzaba a oler por dónde venía
el asunto.
Izzy señaló al Regice, o más exactamente, a los puntos
resplandecientes que adornaban su cabeza.
-Debes estar bromeando. –Declaró.
-¿Entonces esos “ojos” podrían ser su punto débil? –Eichi se sujetó
el mentón. –Tiene sentido.
Los ojos entrecerrados de Kuro decían que no, no lo tenía, sin
embargo, estaba dispuesto a engañarse por esta vez. No es como si
tuvieran otra opción.
Torchic torció la cabecita, piando, y el trío bajó la mirada hacia
él. Se miraron entre si, con la misma idea remando velozmente hacia
sus cerebros.
Con
buenos reflejos incluso con el apriete del frío y Kasen asegurado
entre sus brazos, Kuro se vio obligado a parar su alocada carrera y
lanzarse de cabeza a un costado, esquivando por dos pestañas una
estaca de hielo gruesa como él mismo, y rodó como una bola sobre el
suelo, arrojando al pollo de fuego en cuanto sus pies mordieron
piedra y sus ojos distinguieron la sombra pasando junto a él.
En un movimiento abrupto, el Regice estampó ambas palmas sobre el
suelo a sus pies. Como resultado, un iceberg de puntas mortales y
magníficas refracciones blancas brotó de entre la roca con un
estallido helado, y Keiken el Meditite, con su silueta desdibujada
por la neblina, aterrizó sobre un pie en el extremo más alto del
témpano, con el Torchic a cuestas y ojos templados. Saltó hacia
delante, pero una enorme mira de luz ya estaba grabada en su cuerpo,
sellando su destino, por lo que se vio obligado a lanzar a Kasen al
siguiente jugador; Eichi.
El muchacho saltó para atrapar a la bola emplumada, evitando mirar
como el orbe eléctrico zarandeaba al Pokemon peleador en medio de un
coro de chasquidos. Aterrizó, deslizándose por el hielo a frenética
velocidad, pero en lugar de frenar para recuperar el control,
aceleró aún más.
La delgada capa de hielo que tapizaba el suelo se quebraba bajo sus
sandalias, y sus ojos parecían dejar una traza de luz verdosa tras
de si. Ya estaba casi frente al golem, se preparó para saltar… el
rayo de hielo fue demasiado rápido, aún con su agilidad gatuna,
necesitó torcer el tronco hacia atrás de forma casi paralela al
suelo, un movimiento digno del mejor gimnasta, y aún así sintió la
quemazón del frío en la nariz y las mejillas, que se le cubrieron de
escamas heladas. El albor lo dejó ciego durante varios segundos.
Kasen voló por los aires, fuera de control, iba alto, demasiado
alto…
-¡Fuera del camino! -Izzy saltó sobre un peñasco de hielo, y usando
el Bo como una garrocha, se impulsó a una altura imposible, sujetó
al Torchic con ambas manos, pateó el techo para dirigir su caída, y,
los ojos llameantes, descendió sobre el Regice, apuntando al pollito
de fuego justo sobre su cara.
-¡¡¡HAZLO!!! –Gritaron Kuro y Eichi a la par.
Kasen hinchó el pecho, entrecerró los ojos, abrió el pico y…
Algo fue mal; detonando con un sonido similar al de una metralleta,
las ascuas reventaron contra la cabeza de la deidad, pero al mismo
tiempo, una ventisca de cristales helados se tragó a la pareja,
reduciendo el ataque de fuego a un puñado de brasas moribundas.
Torchic era, literalmente, un trazo anaranjado. Se desplazó a tal
velocidad a través de la cueva que era evidente que no sobreviviría
el impacto con la pared de piedra. Sintió cada uno de sus huesitos
vibrar con violencia cuando chocó contra algo, seguido de otro
golpe, aún peor. Y fue tragado por la nada.
Izzy yacía junto a la base del témpano que segundos antes había sido
invocado para detener a Keiken. Trocitos de hielo aún caían
suavemente sobre ella, y su cabello se extendía a su alrededor,
cubriéndole el rostro como un cortinado mustio. Tosía débilmente.
Sin piedad, el Regice giró hacia ella con fluidez, sin embargo, se
vio forzado a detenerse cuando un chirrido agudo y antinatural purgó
como una onda expansiva la extensión de la caverna, quebrando hielo
en diversos puntos. Kuro, que estaba en el proceso de ponerse de
pie, se hundió nuevamente sobre sus rodillas, estrujándose la cabeza
con desesperación.
Regice se volvió, sin verse en lo más mínimo afectado por el sonido
metálico. Long John el Lairon resopló con osadía, levantando
escarcha con una zarpa. Cargó a toda marcha, dejando a su paso un
sendero de hielo destrozado. El Regice le apunto sin prisa, armó una
esfera blanca, y disparó, solo para ver su ataque desviado por una
serpiente rosada enroscada en su brazo, que lo halaba hacia atrás.
El ataque impactó sobre el cielorraso y, además de arrancarle un
trozo del tamaño de un carruaje, congeló una buena parte de su
superficie.
Lady Marian sabía que estaba acabada desde el momento en que su
lengua hizo contacto con la superficie helada de su enemigo; pronto
el apéndice estaba siendo recubierto en una envoltura de cristal,
que se extendió velozmente hasta cubrirle la cabeza como un velo
sólido. Quedaba en evidencia que el contacto prolongado con su
cuerpo tenía consecuencias automáticas y terribles.
No contento, el Regice giró sobre si mismo como un trompo,
desprendiéndose del reptil y enviándolo a caer lejos, confundido
entre los bloques cristalinos.
Al dar la vuelta completa, -y como si todo aquello fuera una danza
cuidadosamente coreografiada- levantó una pared de hielo entre él y
Long John, quien estaba a una nariz de un impacto certero con su
enorme cabeza de metal, frenándolo –pese a que la barrera no
resistió el embate y explotó como un espejo- lo suficiente para
hacer blanco sobre su resollante figura. El Lairon, terco como era,
no esquivó, galopando con firmeza ante el fusilazo blanco, que se
reflejó en sus pupilas.
-Hey, Kasen, ¿estás de una pieza?
El pollito parpadeó, confuso por el hecho de seguir no solo con
vida, sino que además gozando de buena salud, algo quizás temporal;
Estaba apretado entre los brazos de Eichi con tanta fuerza que le
costaba un poco respirar.
El muchacho estaba sentado de espaldas a la pared, y se veía, como
siempre, en completa paz y armonía con el mundo. Sonreía con
tranquilidad, aunque una diminuta arruga nacía entre sus cejas, y
resoplaba con demasiada dificultad para atribuírsele al frío o la
fatiga nada más.
Más viejo y frágil que nunca, el arco yacía a un par de metros de
ellos, junto a un puñado de flechas de las que tan solo un tenue
brillo metálico asomaba entre la nieve.
Kasen levantó los ojillos oscuros, y poco más de un metro sobre la
cabeza de Eichi, el muro de piedra estaba agrietado y resquebrajado.
Una gota opaca y oscura cayó sobre el cabello del entrenador…
¿podría ser? Ese primer golpe que sintió cuando estaba volando…
-Te dije que estaría detrás de ti, ¿o no? –Atajó, sonriente. Una tos
húmeda lo asaltó, y pese a sus esfuerzos, no pudo contener la
hilacha de sangre que le subió por la garganta. –V-vamos, vamos, no
me mires así. –Consiguió decir, abriendo un ojo. La presión al
cuerpito del Torchic disminuía. –Esto es lo justo, ¿no crees?
El pequeño pico se abrió por cuenta propia. Por una criatura sin
méritos como él, más débil y más lenta y más torpe que sus dos
compañeros, ¿por qué…? ¿Qué podía ganar?
Eichi dejó caer los párpados, sin dejar de sonreír.
-Aquella noche en las afueras de Oldale… sin pensarlo dos veces, me
llevé esa libertad tuya, que tanto habías esperado para conseguir.
Lo menos que puedo hacer para compensarlo es protegerte, ¿no?
Algo dentro de la cabeza del Torchic hizo clic. La avecilla pareció,
por un instante, ser sacudida por una descarga eléctrica.
-Además mira, ¿No te parece que sería una muerte totalmente absurda
y sin estilo? Quiero decir, morir por chocar contra una pared… No
tiene ni un poquito de clase…
El ave se desprendió del endeble abrazo con facilidad, alejándose
lenta y coja de su entrenador, quien interrumpió su parloteo y la
miraba confuso.
-¿K…
Kasen?
<Fue como ver a un gorrión haciéndole frente a un gorila,
inconcebible… pero estaba pasando. La bola anaranjada se había
plantado frente al Regice, y levantaba la cabeza en un intento de
verlo cara a cara… habría resultado hasta gracioso, de no haber
estado presente el factor de la muerte segura. Recuerdo haberme
preguntado por un momento si a la distancia que me encontraba,
podría hacer algo, pero un golpe que hizo retumbar la integridad de
la cueva me alertó que ya era demasiado tarde para eso.>
Sin prestarle mayor atención que a un bicho, la deidad hundió la
zanca de hielo sobre Kasen, pisando con tanta fuerza que hirió la
roca congelada, levantándola como una cáscara. El Torchic
desapareció de vista, junto a lo que, Kuro estaba seguro, fue un
ascendente de sangre, confundiéndose entre la neblina.
Eichi, con los ojos grisverdosos desorbitados, comenzó a jadear sin
control, buscando en sus piernas la fuerza necesaria para
incorporarse, sin resultados.
El Regice no se movió, exudando esa majestad sobrecogedora,
omnipotente, con la niebla formando un halo pálido a su alrededor y
sus siete ojos refulgiendo como una constelación en una noche
despejada.
De pronto, como si algo hubiera alterado su equilibrio, se inclinó
hacia atrás, haciendo gemir la blanca gravilla.
CRACK.
Una
línea de luz le abrió el cuerpo en dos, subiéndole por un flanco y
ramificándose rápidamente. Algo podía vislumbrarse dentro del hoyo
ocasionado por el pisotón, cuyo alrededor estaba cubierto de hielo
blando como manteca. En el suelo, un largo brazo enzarpado servía de
soporte a la extraña figura, y casi verticalmente, su pierna derecha
hacía contacto con el extremo de la pata puntiaguda del Regice,
soportando casi todo el peso del golem y bloqueando su patada. Ambas
criaturas se mantuvieron varios segundos en esa insólita posición,
preservando inexplicablemente el equilibrio.
Kuro entrecerró los ojos, intentando distinguir entre la bruma los
detalles de aquella forma bípeda.
-Eso es… ¿el pollo?
En un instante, toda la zona del Regice marcada por la brillante
fisura –lo que incluía la pierna ocupada en cuestión y una gran
porción de un costado- se le desprendió del cuerpo, cayendo en
pedazos con el sonido rico y reverberante del cristal roto. La
leyenda de hielo no tardó en seguirle, desplomándose sobre el lado
bueno con un clamor que sacudió todo el recinto.
Usando de impulso la mano en la que se apoyaba, la nueva criatura
regresó a sus pies, largos y carentes de plumas, adornados de
espolones y terminados en garras ganchudas.
Respirando con dificultad, se limpió la sangre del pico con el dorso
de la mano, cuyas garras blancas y limpias como el marfil debían
medir cuando menos treinta centímetros de longitud.
-Kasen…
Se quedó quieto, con la cabeza erguida; sabía que Eichi estaba
mirándole las espaldas con una expresión de asombro y admiración, y
quería saborear el momento.
-¿Dónde está?
El pájaro estuvo a punto de caer de pico al hielo, pero se sostuvo a
tiempo; no era un buen momento para eso.
-Mira, ahí, es aquel pollo gordo y patón, ¿lo ves? –Señaló Kuro.
¿Por qué no podía ser respetado ni siquiera en su momento de gloria?
Parpadeó y, así nada más, la imponente figura del Regice se hallaba
frente a él. Tenía ya pierna y flanco de repuesto en sus sitios,
pero éstas, escamosas y ásperas, se veían grotescas junto al resto
de la pulcra superficie de la criatura, como una muñeca recuperada
de un desván a la que, en un intento de devolverla a su antigua
gloria, se le zurcieran partes que no le pertenecían.
Hubo un diminuto, preciado instante de sosiego, en el que todos los
ocupantes del recinto parecieron inhalar al tiempo, y en un momento
Kasen se impulsaba frenéticamente hacia atrás, deshaciendo a patadas
proyectiles de hielo que se reducían a tiras de vapor con tan solo
el roce de sus talones ardientes.
Abrumado por la intensidad del asalto, la bestia de fuego intentaba
recuperar terreno, sabiendo bien que a ese rango le era imposible
atacar eficazmente. Sin pensarlo, se zambulló entre dos rayos de
hielo, cargando ciegamente hacia delante. Al no esperarse un acto
tan temerario como estúpido, el Regice se demoró un segundo en
recomponer su ataque, segundo precioso que el ave empleó en saltar y
descargar una interminable ráfaga de patadas sobre su cabeza.
Kuro pudo contar las primeras seis, pero luego la velocidad fue tal
que sus ojos ya no pudieron distinguir más que un constante
borroneo.
-Está funcionando. –Declaró, no sin asombro. –Tiene que estar
funcionando.
El asalto de patadas no se detenía, y hasta parecía que la misma
potencia salvaje de los golpes era lo que mantenía al ave suspendida
en el aire, como las alas de un colibrí.
Sin embargo, la mano del titán helado se cerró sobre una pierna de
Kasen, frenándolo en seco como una piedra entre las astas de una
hélice.
Pese a la aparente condición inorgánica de la deidad, el Pokemon de
fuego olió la viva amenaza irradiando de su ser, y sintió
miedo.
Un polvillo se deslizaba desde su frente, dónde había recibido los
ataques, cayendo entre los puntos de luz como cascadas de diamante,
pero no había grieta ni rajadura a la vista.
-¡Kasen, dame fuego! –Gritó Eichi, inclinado sobre una rodilla, con
una flecha apretada entre los dientes ensangrentados y los ojos
atravesando la situación sin fallar. El arco, con la cuerda vibrando
sin poder estirarse más, parecía a punto de saltar en pedazos.
Al tiempo que era arrojado hacia las alturas, con la intención de
ser fulminado por un definitivo rayo de hielo, Kasen expulsó del
pico un chorro de brazas, que se dispersó y engalanó su caída como
una flor.
Pero ya era tarde, el ataque escapaba de entre las garras congeladas
de la entidad invernal, y Kuro sabía que sin importar que tan rápido
fuera Eichi, no podría salvarlo a tiempo.
Pero inesperadamente, el Regice dio un tumbo hacia delante.
Kanna la Migthyena, con una túnica de nieve cubriéndola desde la
nariz a la cola y los ojos casi ciegos, embistió al golem con todo
el cuerpo. El sonido sordo de sus huesos contra la forma helada fue
prueba de que el golpe había sido más perjudicial para su cuerpo que
el del titán, pero suficientemente enérgico como para hacerle fallar
el ataque, que reventó el pedestal donde el Regice descansara ni
bien entrar los viajeros a la cueva.
Verde sin parpadear, una gota de sangre solitaria pendiendo de
pestañas pardas.
Las flechas, como halcones entrenados, capturaron las flamas en el
aire y apuñalaron, en una secuencia de medio segundo, cada uno de
los siete ojos del Regice. Los pequeños crujidos de cristal
resonaron uno tras otro.
Kuro pestañeó lentamente, boquiabierto.
Jadeando con furia, los ojos nublados, Eichi se desplomó nuevamente
contra la pared, drenado por completo de energía y temblando de
frío. Sobre su mano laxa y pálida, el arco había llegado al final de
su vida, partido limpiamente en dos partes.
El chirrido agónico de la criatura fue algo como jamás se había
escuchado; largo y agudo como el grito de muerte de un algún pájaro
desconocido. Lejos habían quedado los silbidos y repiqueteos
robóticos, esto era el ser viviente dentro de la impenetrable coraza
de hielo, desenmascarado por fin.
Las flechas fueron expulsadas de los orificios por un aura líquida,
que pronto se extendió para lamer cada centímetro de su cuerpo
congelado.
Al tiempo que caían una a una con varios tintineos de metal, una ola
de aire glaciar inundó el recinto, con tal crudeza que podía verse
como se condensaba la atmósfera a medida que avanzaba.
Kuro la sintió de pronto, prensándole los músculos y huesos como una
tenaza, trató de calmarse, pero no podía respirar sin sentir como
sus pulmones eran comprimidos dentro de su pecho por un dolor
paralizante. Comenzó a entrar en pánico.
“No lo soporto” –Pensó con urgencia, apretando los ojos con fuerza.
Sentía como los párpados se le cubrían de hielo. –“No puedo aguantar
esto… alguien… Eichi…”
Se enderezó abruptamente. Giró la cabeza hacia su amigo, y luego
hacia Izzy. Salvo por el ocasional estremecimiento, ninguno de los
dos se había movido, y su palidez era comparable al hielo a su
alrededor. Notó como sus labios y dedos se oscurecían rápidamente.
Si el frío le hacía esto a él, entonces ellos, en ese estado
debilitado…
Kasen contemplaba en una especie de estupor horrorizado como una
suerte de flamas líquidas color zafiro manaban de los mutilados ojos
del Regice, dándole, en su dolor, un poder aún más escalofriante.
Un golpe de viento helado estalló sobre él, llegando a protegerse
apenas cruzando las garras sobre su rostro, aterrizó cerca de Kuro,
mitad deslizándose, mitad levantando hielo con sus zarpas.
Kuro lo miró mecánicamente, como si acabara de recordar que estaba
ahí. Su cerebro se esforzó en coordinar pensamientos con palabras.
-¡Pollo! Encárgate de Eichi y la bruja, o no van a poder… ¡con este
frío no van a poder sobrevivir sin tu ayuda!
Con el pico lleno de sangre congelada y el ardiente plumaje rígido
de escarcha, el Combusken vaciló, sabiendo bien que era el único que
aún podía enfrentar a aquella criatura.
-¡No dudes! –Bramó Kuro. –¡¡Si dudas y Eichi se muere, no te lo voy
a perdonar, pollo de mierda!! –Apretó los dientes, luchando por
controlar las violentas sacudidas de su quijada. -Yo… yo pelearé, tú
solo mantén a esos dos vivos, no importa lo que pase, ¿de acuerdo?
¡Déjamelo a mi, no pienses! ¡Solo- solo déjamelo todo a mí!
<La única razón que se
me ocurre para haber dicho semejante idiotez es el frío. No podía
pensar con claridad, así que eso tuvo que haber sido.>
Evidentemente no estaba conciente del tremor en su propia voz, ni de
cómo inhalaba tras cada dos palabras, pero Kasen asintió con la
cabeza de cualquier manera, confiando, creyendo contra toda lógica
en que aquel muchacho les abriría un camino a la supervivencia.
Kuro, oscuro y andrajoso y tembloroso, alzó la mirada hacia toda la
majestad blanca y pura de la Deidad del Hielo, caminando lentamente
entre ésta y sus compañeros. La sola idea de acercársele se le
antojó ridícula, una fantasía; la presión del aire helado sin duda
lo mataría antes de siquiera llegar a tocarlo.
De nuevo, luchó para capturar el fugaz hilo de sus pensamientos en
su mente cada vez más blanca y silenciosa.
“Izzy tenía razón al final, parece que su punto débil sí estaba en
la cabeza…” Recordó de pronto el polvillo blanco cayendo tras las
patadas de Kasen. “Los ataques del pollo haciéndole tan poco daño
pese a su fuerza… solo es prueba de que el hielo que protege esa
zona es mucho más resistente que el del resto del cuerpo, para…” Su
línea de ideas se fundió por un momento en un monótono zumbido.
“…para proteger su interior, eso tiene que ser… entonces si consigo
cortarle la cabeza o dañársela lo suficiente…”
Por el rabillo del ojo vio como Kasen arrastraba trabajosamente a la
muchacha cerca de Eichi, cada vez más lejos de él y el Regice.
¿Podía hacerlo, realmente? ¿Podía sacarlos vivos de este lugar? Sus
piernas comenzaron a moverse lentamente, y antes de siquiera darse
cuenta, estaba corriendo hacia el Pokemon legendario, desenfundando
con tremenda dificultad las Hirameku, que chirriaron en protesta
contra sus fundas. Se le antojaron obscenamente pesadas.
Cada zancada le vaciaba los pulmones del poco aire que guardaban, y
en algún rincón de su cabeza estaba conciente de que era una locura.
Pero saltó.
El golpe fue brutal.
No supo si se trató de una técnica de hielo, o simplemente el
martillazo de la criatura, repeliéndolo como a un insecto, lo que
chocó contra su cráneo, pero sintió un impacto que le sacudió los
sesos. Derrapó con terrible violencia sobre un hombro, hasta
detenerse envuelto en una nube de nieve en polvo.
Curiosamente, no sintió ningún dolor, tan solo el hormigueo que uno
siente al pisotear el suelo con un pie amodorrado. Se dio cuenta de
que el golpe debió haber sido bastante serio cuando no pudo
levantarse al tercer intento.
Respirando cada vez más rápido, pero al mismo tiempo sintiéndose más
y más asfixiado, notó como tenía docenas de pequeños fragmentos de
hielo incrustados hondo en la carne del brazo izquierdo, que había
frenado su caída. Consideró el que no le duela vagamente alarmante.
Cuando al fin logró tambalearse sobre sus pies, ignorando los
crecientes temblores, se preguntó por qué no estaba siendo atacado,
hasta que su cerebro halló la respuesta más lógica entre el caos
silencioso.
Giró en redondo, a tiempo para ver como Kasen, quien hasta entonces
se encontraba envolviendo a los dos jóvenes a su cuidado en una
suerte de abrazo calorífico (Kuro no perdió el detalle de que habían
dejado de lucir como cadáveres), se adelantaba, inhalando y
escupiendo un torrente de brazas que colisionó en el núcleo mismo
del rayo helado del golem.
Pero el ataque de fuego no tenía substancia, y era evidente que
Kasen estaba empleando toda su energía en no caer de rodillas,
estremeciéndose casi tan violentamente como Kuro.
El Regice echó un brazo hacia atrás, manteniendo eficazmente el
equilibrio mientras disparaba con el restante. El relámpago blanco
ahogaba las ascuas con creciente facilidad
Kuro trastabilló en su patética lucha por llegar a ellos, pero luego
cayó en la cuenta de que aún si lo lograba, no podría hacer más que
postergar lo inevitable, y quizás ni siquiera eso.
Sólo había una manera.
-“Mierda”.
<Mis intentos de convencerme a mi mismo de que no lo necesitaba, de
que era tan solo un arma descartable, como un cuchillo de caza al
que se le estropea la hoja por la sangre endurecida, habían llegado
a un abrupto, y debo decir, humillante final.>
Coordinar su mano morada para cerrarse en torno a la esfera
negra resultó un desafío que no esperaba, y las convulsiones de su
brazo eran tales que estuvo a punto de resbalársele más de una vez.
Kuro dejó caer los párpados, la monster ball gimiendo entre sus
dedos.
-Si esas garras tuyas están malditas también… -Murmuró, los labios
contra el metal frígido de la esfera –…entonces nos iremos juntos al
infierno, tú y yo.
El Regice cortó su ataque de pronto, disolviéndose éste en un gélido
chispazo ante los estupefactos ojos del Combusken.
Quedándose muy quieto sin quebrar su posición de ataque, de haber
tenido ojos como los del resto de los seres vivos, tal vez la
leyenda de hielo habría seguido la mirada del ave de fuego para
descubrir qué era aquello que había sentido tan fuera de
lugar en la cueva. Pero sus sentidos inexplicables sin duda ya lo
habían encontrado.
De cuclillas sobre el grueso brazo de cristal que la Deidad del
Hielo extendía hacia atrás, dándole la espalda, Hasaki el Zangoose
levantó lentamente la cabeza.
La luz pura que manaba naturalmente del Regice, ahora teñida
levemente de zafiro, por alguna razón no llegó a descubrir su rostro
de las sombras.
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