Capítulo 19:  Deidad del Hielo - Pt. 2
 
 

De rodillas junto a la figura de su Marshtomp prisionero en el hielo, con el rostro arrugado y los hombros caídos, sin esperanza, Izzy se encontró de pronto con la mano abierta de Eichi junto a ella.
-Ponte de pie –Le dijo con gentileza, –no hemos perdido todavía.
Antes de cualquier respuesta de la chica, sin embargo, Kuro apartó a su amigo, la asió de un codo sin emitir sonido y la alzó de un brusco tirón.  
Izzy no se movió, con la cabeza y ojos gachos.
Kuro le dio la espalda.
-Levanta la cabeza. –Murmuró, algo quizás distante, quizás lejano.

Un niño flacucho y andrajoso, de no más de cuatro o cinco años, rodó sobre el fango, rompiendo con la cabeza un barril podrido, y enviando a rodar en varias direcciones un par más.
Otro chiquillo, no mucho mayor que él, se adelantó y cerró el pequeño puño sobre el cabello negro y mugriento del atacado, levantándole la cabeza de la porquería. Sus ojos, recuperando el foco tras el golpe, carecían de la fiereza que los caracterizara años más tarde. Sin embargo había en ellos un talante lóbrego e inquietante; Una oscuridad impropia de la inocencia usualmente asociada con un niño. No era tristeza ni odio, más bien una locura fría y desapasionada, como si fuese solo un espectador de aquellas degradaciones, y no la victima.
Dos niños más cuidaban la espalda del bravucón, vigilando que ningún aldeano descubriese su cruel travesura.
-¿Ves lo que ocurre por atreverte a mostrar el hocico en el pueblo después de lo que ha pasado? ¿Cuándo vas a entender que los perros se tienen que quedar en sus casetas?
Escupiendo un poco de barro, Kuro musitó un torrente de imprecaciones hacia sus captores y sus familias.
-He, ¿aún te quedan fuerzas para ladrar? –Y con eso, el niño le hundió los nudillos  debajo de las costillas, y una lluvia de saliva se perdió en el lodo.
-¡Mírenlo, babea como un perro! –Chilló alegremente.
-¡Un perro, un perro, un perro rabioso! –Canturrearon los otros a coro.
Satisfecho, el muchachito acercó el rostro sucio y demacrado de su victima al suyo:
-Te voy a dejar ir, así puedes irte con la cola entre las piernas, igual que tu papá, ¿no te alegra? –Se escuchó una voz infantil protestando más atrás; “No lo sueltes todavía, Ginta, no lo golpeé ni una vez”.
-¡Ya lo tengo! Dejaré que te vayas, pero solo si dices “Soy un perro rabioso” y sacas espuma por la boca, ¿qué tal eh?
Risas como picaduras de avispa resonaron en el callejón.
Divertido, el niño soltó el cabello de Kuro, cuyas manos huesudas y raspadas  salpicaron de barro al caer. Se quedó muy quieto, ocultando la mirada.
-¿Y bien, qué esperas?
-¡Vamos, dilo!
-¡Bien alto, para que todo Oldale te oiga!
Sin levantar la cabeza, las palabras escaparon del tajo curvo en su rostro que imitaba una sonrisa:
-Los voy a matar a todos.
Las risitas desaparecieron al instante, y durante unos segundos, ninguno supo realmente qué decir. Las palabras tenían tal convicción, que no pudieron evitar sentir el cosquilleo del miedo. No cabía duda; este no era un niño normal; Definitivamente había algo negro y podrido adentro suyo.
El tal Ginta reaccionó por fin:
-¡¿Te crees muy gracioso, perro rabioso?! ¡Pues cambié de parecer! –Miró un momento a su alrededor, y levantó una tabla del barril roto semioculta por el fango.
–¡Voy a quebrarte la cabeza como una sandía!
Sus cómplices no se mostraron del todo convencidos con la idea.
-Oye, Ginta… ¿no crees que es demasiado?
-Está bien, de cualquier modo a nadie le importa lo que le pase a este perro. Todos vamos a estar mucho mejor si desaparece.
-Pe-pero...  ¡¿UH?!  

Los dos chiquillos restantes se volvieron bruscamente ante la extraña interrupción: Ante ellos, sosteniendo al otro en alto por la tira de los pantalones con una mueca de hastío, se encontraba lo que a sus ojos era una diosa hermosa y terrible; la piel blanca y cabello de fuego estaban envueltos en una cortina de niebla mística –los niños estaban demasiado impactados para notar que era simple humo del cigarrillo pendiente de sus labios- y sus ojos cerúleos pálidos e indiferentes los juzgaban con arrogancia.
-Tch, mocosos de mierda.
Lanzó al niño hacia atrás descuidadamente, y el salpicón de lodo no llegó a mancharla, en apariencia repelido por su aura de poderío. Sus pantorrillas delgadas y níveas avanzaron con resolución, asomando con audacia entre el tajo de su larga falda negra. Ginta fue la siguiente víctima.
-N.. ¡¡No te acerques, bruja!!

Dos ancianas que cuchicheaban a media voz no muy lejos de ahí, alzaron las cabezas cual par de gallinas sobresaltadas cuando un grito infantil partió la quietud de la tarde:
-¡¡UWAAAH!!
Un trío de chicuelos huían de un callejón como alma que lleva el diablo, trastabillando y dando tumbos. Uno de ellos estaba cubierto de barro de la cabeza a los pies, y el mayor en apariencia, con lágrimas en los ojos y las manos en sus partes íntimas, tenía abultado de fango el interior de los pantalones.

Kuro no dijo ni una palabra, los puños sucios apretados sobre las rodillas y los hombros temblorosos. Por los espasmos de su pequeña figura, era evidente que estaba intentando contener los sollozos.
¿Por qué eran tan distintos? ¿Por qué, mientras él estaba de rodillas en la porquería, humillado y patético, su tía aparecía majestuosa e intocable? ¿Acaso no tenían la misma sangre fluyendo por sus venas? ¿Qué era eso que le picaba ahora el pecho con insistencia? ¿Envidia? ¿Odio?
El contacto de una mano cálida en su muñeca le impidió seguir retorciéndose, y Yuki lo puso de pie fácilmente. Su cabello era una viva pinta rojiza encendiendo el interminable mosaico ceniciento de Oldale.
-¿Eres un hombre, no? -Le dijo –Pues levanta la cabeza.

Izzy enderezó el cuello. Desde su posición, solo podía ver la espalda del muchacho, su pelo listado de copos blanquecinos tenía ya buena parte de las mechas congeladas.
-Quédate ahí si quieres, siéntate y espera, reza, lo que se te ocurra. –Le dijo Kuro con aspereza. –Pero no te acompañaré. No bajaré la cabeza ante nada ni nadie, ni siquiera este cubo de hielo legendario, ¡¡Con estas Hirameku, maldito sea su filo, cortaré todo lo que se ponga en mi camino!! ¡¡Y aún si- y aún si fallo- –Su voz se volvía más apasionada tras cada palabra, hasta que, afectada por el frío seco, se le quebró en un acceso de tos. Sus ojos encontraron la tira de lino negro enlazada en su puño derecho. –No…
Izzy lo miró confusa.
De un tirón, Kuro se arrancó el pañuelo azul del brazo. El movimiento trazó un arco azul en el aire, cientos de fragmentos blancos revoloteando en torno suyo.
Se lo amarró en la cabeza.
-No hemos hecho suficiente ruido aún. –Declaró, apretando el nudo con energía.
Eichi soltó un suspiro, murmurando un “no hay remedio”, pero su tenue sonrisa y la luz bailarina en sus ojos traicionaban su excitación. Se adelantó. Keiken y Kasen se alinearon, el segundo impartiendo mayor calor a la pelusa que cubría su cuerpo.
Con los ojos muy abiertos, la muchacha giraba la cabeza hacia ambos jóvenes repetidamente, preguntándose si el frío les habría hecho perder la razón.
Kuro no tenía pensado alargar la antesala. Hundió un pie en la nieve.
-Esperen. –Dijo Izzy. Por varios segundos pareció indecisa, pero finalmente se sacudió el granizo de las rodillas y suspiró, el vapor tibio formando una espiral traslúcida. –Si vamos a suicidarnos, al menos finjamos que tenemos un objetivo.
Sus compañeros se frenaron, sorprendidos, pero Eichi sonrió rápidamente ante el “vamos”.
-¿Por ejemplo…?
-En la mitología hebrea, se hablaba de los Golem, criaturas compuestas de diversos minerales, metales o piedras preciosas, a las que se les daba vida por medio de una inscripción mágica en sus frentes.
-¿…Y? –Inquirió Kuro, alzando una ceja oscura y crespa, que desaparecía bajo la tela azul de su bandana.  
-Se decía que para detener a un Golem, bastaba con borrar esa inscripción, y el monstruo se deshacía como arena.
-¿Y? –Repitió el muchacho, aunque comenzaba a oler por dónde venía el asunto. 
Izzy señaló al Regice, o más exactamente, a los puntos resplandecientes que adornaban su cabeza.
-Debes estar bromeando. –Declaró.
-¿Entonces esos “ojos” podrían ser su punto débil? –Eichi se sujetó el mentón. –Tiene sentido.
Los ojos entrecerrados de Kuro decían que no, no lo tenía, sin embargo, estaba dispuesto a engañarse por esta vez. No es como si tuvieran otra opción.
Torchic torció la cabecita, piando, y el trío bajó la mirada hacia él. Se miraron entre si, con la misma idea remando velozmente hacia sus cerebros.

Con buenos reflejos incluso con el apriete del frío y Kasen asegurado entre sus brazos, Kuro se vio obligado a parar su alocada carrera y lanzarse de cabeza a un costado, esquivando por dos pestañas una estaca de hielo gruesa como él mismo, y rodó como una bola sobre el suelo, arrojando al pollo de fuego en cuanto sus pies mordieron piedra y sus ojos distinguieron la sombra pasando junto a él.
En un movimiento abrupto, el Regice estampó ambas palmas sobre el suelo a sus pies. Como resultado, un iceberg de puntas mortales y magníficas refracciones blancas brotó de entre la roca con un estallido helado, y Keiken el Meditite, con su silueta desdibujada por la neblina, aterrizó sobre un pie en el extremo más alto del témpano, con el Torchic a cuestas y ojos templados. Saltó hacia delante, pero una enorme mira de luz ya estaba grabada en su cuerpo, sellando su destino, por lo que se vio obligado a lanzar a Kasen al siguiente jugador; Eichi.
El muchacho saltó para atrapar a la bola emplumada, evitando mirar como el orbe eléctrico zarandeaba al Pokemon peleador en medio de un coro de chasquidos. Aterrizó, deslizándose por el hielo a frenética velocidad, pero en lugar de frenar para recuperar el control, aceleró aún más.
La delgada capa de hielo que tapizaba el suelo se quebraba bajo sus sandalias, y sus ojos parecían dejar una traza de luz verdosa tras de si. Ya estaba casi frente al golem, se preparó para saltar… el rayo de hielo fue demasiado rápido, aún con su agilidad gatuna, necesitó torcer el tronco hacia atrás de forma casi paralela al suelo, un movimiento digno del mejor gimnasta, y aún así sintió la quemazón del frío en la nariz y las mejillas, que se le cubrieron de escamas heladas. El albor lo dejó ciego durante varios segundos.
Kasen voló por los aires, fuera de control, iba alto, demasiado alto…
-¡Fuera del camino! -Izzy saltó sobre un peñasco de hielo, y usando el Bo como una garrocha, se impulsó a una altura imposible, sujetó al Torchic con ambas manos, pateó el techo para dirigir su caída, y, los ojos llameantes, descendió sobre el Regice, apuntando al pollito de fuego justo sobre su cara.
-¡¡¡HAZLO!!! –Gritaron Kuro y Eichi a la par. 
Kasen hinchó el pecho, entrecerró los ojos, abrió el pico y…

Algo fue mal; detonando con un sonido similar al de una metralleta, las ascuas reventaron contra la cabeza de la deidad, pero al mismo tiempo, una ventisca de cristales helados se tragó a la pareja, reduciendo el ataque de fuego a un puñado de brasas moribundas.
Torchic era, literalmente, un trazo anaranjado. Se desplazó a tal velocidad a través de la cueva que era evidente que no sobreviviría el impacto con la pared de piedra. Sintió cada uno de sus huesitos vibrar con violencia cuando chocó contra algo, seguido de otro golpe, aún peor. Y fue tragado por la nada.

Izzy yacía junto a la base del témpano que segundos antes había sido invocado para detener a Keiken. Trocitos de hielo aún caían suavemente sobre ella, y su cabello se extendía a su alrededor, cubriéndole el rostro como un cortinado mustio. Tosía débilmente.
Sin piedad, el Regice giró hacia ella con fluidez, sin embargo, se vio forzado a detenerse cuando un chirrido agudo y antinatural purgó como una onda expansiva la extensión de la caverna, quebrando hielo en diversos puntos. Kuro, que estaba en el proceso de ponerse de pie, se hundió nuevamente sobre sus rodillas, estrujándose la cabeza con desesperación.
Regice se volvió, sin verse en lo más mínimo afectado por el sonido metálico. Long John el Lairon resopló con osadía, levantando escarcha con una zarpa. Cargó a toda marcha, dejando a su paso un sendero de hielo destrozado. El Regice le apunto sin prisa, armó una esfera blanca, y disparó, solo para ver su ataque desviado por una serpiente rosada enroscada en su brazo, que lo halaba hacia atrás. El ataque impactó sobre el cielorraso y, además de arrancarle un trozo del tamaño de un carruaje, congeló una buena parte de su superficie.
Lady Marian sabía que estaba acabada desde el momento en que su lengua hizo contacto con la superficie helada de su enemigo; pronto el apéndice estaba siendo recubierto en una envoltura de cristal, que se extendió velozmente hasta cubrirle la cabeza como un velo sólido. Quedaba en evidencia que el contacto prolongado con su cuerpo tenía consecuencias automáticas y terribles.
No contento, el Regice giró sobre si mismo como un trompo, desprendiéndose del reptil y enviándolo a caer lejos, confundido entre los bloques cristalinos.
Al dar la vuelta completa, -y como si todo aquello fuera una danza cuidadosamente coreografiada-  levantó una pared de hielo entre él y Long John, quien estaba a una nariz de un impacto certero con su enorme cabeza de metal, frenándolo –pese a que la barrera no resistió el embate y explotó como un espejo- lo suficiente para hacer blanco sobre su resollante figura. El Lairon, terco como era, no esquivó, galopando con firmeza ante el fusilazo blanco, que se reflejó en sus pupilas.

-Hey, Kasen, ¿estás de una pieza?
El pollito parpadeó, confuso por el hecho de seguir no solo con vida, sino que además gozando de buena salud, algo quizás temporal; Estaba apretado entre los brazos de Eichi con tanta fuerza que le costaba un poco respirar.
El muchacho estaba sentado de espaldas a la pared, y se veía, como siempre, en completa paz y armonía con el mundo. Sonreía con tranquilidad, aunque una diminuta arruga nacía entre sus cejas, y resoplaba con demasiada dificultad para atribuírsele al frío o la fatiga nada más.
Más viejo y frágil que nunca, el arco yacía a un par de metros de ellos, junto a un puñado de flechas de las que tan solo un tenue brillo metálico asomaba entre la nieve.
Kasen levantó los ojillos oscuros, y poco más de un metro sobre la cabeza de Eichi, el muro de piedra estaba agrietado y resquebrajado. Una gota opaca y oscura cayó sobre el cabello del entrenador… ¿podría ser? Ese primer golpe que sintió cuando estaba volando…  
-Te dije que estaría detrás de ti, ¿o no? –Atajó, sonriente. Una tos húmeda lo asaltó, y pese a sus esfuerzos, no pudo contener la hilacha de sangre que le subió por la garganta. –V-vamos, vamos, no me mires así. –Consiguió decir, abriendo un ojo. La presión al cuerpito del Torchic disminuía. –Esto es lo justo, ¿no crees?
El pequeño pico se abrió por cuenta propia. Por una criatura sin méritos como él, más débil y más lenta y más torpe que sus dos compañeros, ¿por qué…? ¿Qué podía ganar?
Eichi dejó caer los párpados, sin dejar de sonreír.
-Aquella noche en las afueras de Oldale… sin pensarlo dos veces, me llevé esa libertad tuya, que tanto habías esperado para conseguir. Lo menos que puedo hacer para compensarlo es protegerte, ¿no?
Algo dentro de la cabeza del Torchic hizo clic. La avecilla pareció, por un instante, ser sacudida por una descarga eléctrica.
-Además mira, ¿No te parece que sería una muerte totalmente absurda y sin estilo? Quiero decir, morir por chocar contra una pared… No tiene ni un poquito de clase…
El ave se desprendió del endeble abrazo con facilidad, alejándose lenta y coja de su entrenador, quien interrumpió su parloteo y la miraba confuso.

-¿K… Kasen?

<Fue como ver a un gorrión haciéndole frente a un gorila, inconcebible… pero estaba pasando. La bola anaranjada se había plantado frente al Regice, y levantaba la cabeza en un intento de verlo cara a cara… habría resultado hasta gracioso, de no haber estado presente el factor de la muerte segura. Recuerdo haberme preguntado por un momento si a la distancia que me encontraba, podría hacer algo, pero un golpe que hizo retumbar la integridad de la cueva me alertó que ya era demasiado tarde para eso.>

Sin prestarle mayor atención que a un bicho, la deidad hundió la zanca de hielo sobre Kasen, pisando con tanta fuerza que hirió la roca congelada, levantándola como una cáscara. El Torchic desapareció de vista, junto a lo que, Kuro estaba seguro, fue un ascendente de sangre, confundiéndose entre la neblina.
Eichi, con los ojos grisverdosos desorbitados, comenzó a jadear sin control, buscando en sus piernas la fuerza necesaria para incorporarse, sin resultados.
El Regice no se movió, exudando esa majestad sobrecogedora, omnipotente, con la niebla formando un halo pálido a su alrededor y sus siete ojos refulgiendo como una constelación en una noche despejada.
De pronto, como si algo hubiera alterado su equilibrio, se inclinó hacia atrás, haciendo gemir la blanca gravilla.   

CRACK.

Una línea de luz le abrió el cuerpo en dos, subiéndole por un flanco y ramificándose rápidamente. Algo podía vislumbrarse dentro del hoyo ocasionado por el pisotón, cuyo alrededor estaba cubierto de hielo blando como manteca. En el suelo, un largo brazo enzarpado servía de soporte a la extraña figura, y casi verticalmente, su pierna derecha hacía contacto con el extremo de la pata puntiaguda del Regice, soportando casi todo el peso del golem y bloqueando su patada. Ambas criaturas se mantuvieron varios segundos en esa insólita posición, preservando inexplicablemente el equilibrio.
Kuro entrecerró los ojos, intentando distinguir entre la bruma los detalles de aquella forma bípeda.
-Eso es… ¿el pollo?
En un instante, toda la zona del Regice marcada por la brillante fisura –lo que incluía la pierna ocupada en cuestión y una gran porción de un costado- se le desprendió del cuerpo, cayendo en pedazos con el sonido rico y reverberante del cristal roto. La leyenda de hielo no tardó en seguirle, desplomándose sobre el lado bueno con un clamor que sacudió todo el recinto.
Usando de impulso la mano en la que se apoyaba, la nueva criatura regresó a sus pies, largos y carentes de plumas, adornados de espolones y terminados en garras ganchudas.

Respirando con dificultad, se limpió la sangre del pico con el dorso de la mano, cuyas garras blancas y limpias como el marfil debían medir cuando menos treinta centímetros de longitud.
-Kasen…
Se quedó quieto, con la cabeza erguida; sabía que Eichi estaba mirándole las espaldas con una expresión de asombro y admiración, y quería saborear el momento.
-¿Dónde está?
El pájaro estuvo a punto de caer de pico al hielo, pero se sostuvo a tiempo; no era un buen momento para eso.  
-Mira, ahí, es aquel pollo gordo y patón, ¿lo ves? –Señaló Kuro.
¿Por qué no podía ser respetado ni siquiera en su momento de gloria?
Parpadeó y, así nada más, la imponente figura del Regice se hallaba frente a él. Tenía ya pierna y flanco de repuesto en sus sitios, pero éstas, escamosas y ásperas, se veían grotescas junto al resto de la pulcra superficie de la criatura, como una muñeca recuperada de un desván a la que, en un intento de devolverla a su antigua gloria, se le zurcieran partes que no le pertenecían.  

Hubo un diminuto, preciado instante de sosiego, en el que todos los ocupantes del recinto parecieron inhalar al tiempo, y en un momento Kasen se impulsaba frenéticamente hacia atrás, deshaciendo a patadas proyectiles de hielo que se reducían a tiras de vapor con tan solo el roce de sus talones ardientes.
Abrumado por la intensidad del asalto, la bestia de fuego intentaba recuperar terreno, sabiendo bien que a ese rango le era imposible atacar eficazmente. Sin pensarlo, se zambulló entre dos rayos de hielo, cargando ciegamente hacia delante. Al no esperarse un acto tan temerario como estúpido, el Regice se demoró un segundo en recomponer su ataque, segundo precioso que el ave empleó en saltar y descargar una interminable ráfaga de patadas sobre su cabeza.
Kuro pudo contar las primeras seis, pero luego la velocidad fue tal que sus ojos ya no pudieron distinguir más que un constante borroneo.
-Está funcionando. –Declaró, no sin asombro. –Tiene que estar funcionando.
El asalto de patadas no se detenía, y hasta parecía que la misma potencia salvaje de los golpes era lo que mantenía al ave suspendida en el aire, como las alas de un colibrí.
Sin embargo, la mano del titán helado se cerró sobre una pierna de Kasen, frenándolo en seco como una piedra entre las astas de una hélice.
Pese a la aparente condición inorgánica de la deidad, el Pokemon de fuego olió la viva amenaza irradiando de su ser, y sintió miedo.
Un polvillo se deslizaba desde su frente, dónde había recibido los ataques, cayendo entre los puntos de luz como cascadas de diamante, pero no había grieta ni rajadura a la vista.
-¡Kasen, dame fuego! –Gritó Eichi, inclinado sobre una rodilla, con una flecha apretada entre los dientes ensangrentados y los ojos atravesando la situación sin fallar. El arco, con la cuerda vibrando sin poder estirarse más, parecía a punto de saltar en pedazos.
Al tiempo que era arrojado hacia las alturas, con la intención de ser fulminado por un definitivo rayo de hielo, Kasen expulsó del pico un chorro de brazas, que se dispersó y engalanó su caída como una flor.
Pero ya era tarde, el ataque escapaba de entre las garras congeladas de la entidad invernal, y Kuro sabía que sin importar que tan rápido fuera Eichi, no podría salvarlo a tiempo.
Pero inesperadamente, el Regice dio un tumbo hacia delante.
Kanna la Migthyena, con una túnica de nieve cubriéndola desde la nariz a la cola y los ojos casi ciegos, embistió al golem con todo el cuerpo. El sonido sordo de sus huesos contra la forma helada fue prueba de que el golpe había sido más perjudicial para su cuerpo que el del titán, pero suficientemente enérgico como para hacerle fallar el ataque, que reventó el pedestal donde el Regice descansara ni bien entrar los viajeros a la cueva.
Verde sin parpadear, una gota de sangre solitaria pendiendo de pestañas pardas.
Las flechas, como halcones entrenados, capturaron las flamas en el aire y apuñalaron, en una secuencia de medio segundo, cada uno de los siete ojos del Regice. Los pequeños crujidos de cristal resonaron uno tras otro.
Kuro pestañeó lentamente, boquiabierto.
Jadeando con furia, los ojos nublados, Eichi se desplomó nuevamente contra la pared, drenado por completo de energía y temblando de frío. Sobre su mano laxa y pálida, el arco había llegado al final de su vida, partido limpiamente en dos partes.

El chirrido agónico de la criatura fue algo como jamás se había escuchado; largo y agudo como el grito de muerte de un algún pájaro desconocido. Lejos habían quedado los silbidos y repiqueteos robóticos, esto era el ser viviente dentro de la impenetrable coraza de hielo, desenmascarado por fin.

Las flechas fueron expulsadas de los orificios por un aura líquida, que pronto se extendió para lamer cada centímetro de su cuerpo congelado.
Al tiempo que caían una a una con varios tintineos de metal, una ola de aire glaciar inundó el recinto, con tal crudeza que podía verse como se condensaba la atmósfera a medida que avanzaba.
Kuro la sintió de pronto, prensándole los músculos y huesos como una tenaza, trató de calmarse, pero no podía respirar sin sentir como sus pulmones eran comprimidos dentro de su pecho por un dolor paralizante. Comenzó a entrar en pánico.
“No lo soporto” –Pensó con urgencia, apretando los ojos con fuerza. Sentía como los párpados se le cubrían de hielo. –“No puedo aguantar esto… alguien… Eichi…”
Se enderezó abruptamente. Giró la cabeza hacia su amigo, y luego hacia Izzy. Salvo por el ocasional estremecimiento, ninguno de los dos se había movido, y su palidez era comparable al hielo a su alrededor. Notó como sus labios y dedos se oscurecían rápidamente. Si el frío le hacía esto a él, entonces ellos, en ese estado debilitado…

Kasen contemplaba en una especie de estupor horrorizado como una suerte de flamas líquidas color zafiro manaban de los mutilados ojos del Regice, dándole, en su dolor, un poder aún más escalofriante.
Un golpe de viento helado estalló sobre él, llegando a protegerse apenas cruzando las garras sobre su rostro, aterrizó cerca de Kuro, mitad deslizándose, mitad levantando hielo con sus zarpas.
Kuro lo miró mecánicamente, como si acabara de recordar que estaba ahí. Su cerebro se esforzó en coordinar pensamientos con palabras.
-¡Pollo! Encárgate de Eichi y la bruja, o no van a poder… ¡con este frío no van a poder sobrevivir sin tu ayuda!
Con el pico lleno de sangre congelada y el ardiente plumaje rígido de escarcha, el Combusken vaciló, sabiendo bien que era el único que aún podía enfrentar a aquella criatura.
-¡No dudes! –Bramó Kuro. –¡¡Si dudas y Eichi se muere, no te lo voy a perdonar, pollo de mierda!! –Apretó los dientes, luchando por controlar las violentas sacudidas de su quijada. -Yo… yo pelearé, tú solo mantén a esos dos vivos, no importa lo que pase, ¿de acuerdo? ¡Déjamelo a mi, no pienses! ¡Solo- solo déjamelo todo a mí!

<La única razón que se me ocurre para haber dicho semejante idiotez es el frío. No podía pensar con claridad, así que eso tuvo que haber sido.>

Evidentemente no estaba conciente del tremor en su propia voz, ni de cómo inhalaba tras cada dos palabras, pero Kasen asintió con la cabeza de cualquier manera, confiando, creyendo contra toda lógica en que aquel muchacho les abriría un camino a la supervivencia.

Kuro, oscuro y andrajoso y tembloroso, alzó la mirada hacia toda la majestad blanca y pura de la Deidad del Hielo, caminando lentamente entre ésta y sus compañeros. La sola idea de acercársele se le antojó ridícula, una fantasía; la presión del aire helado sin duda lo mataría antes de siquiera llegar a tocarlo.
De nuevo, luchó para capturar el fugaz hilo de sus pensamientos en su mente cada vez más blanca y silenciosa.
“Izzy tenía razón al final, parece que su punto débil sí estaba en la cabeza…” Recordó de pronto el polvillo blanco cayendo tras las patadas de Kasen. “Los ataques del pollo haciéndole tan poco daño pese a su fuerza… solo es prueba de que el hielo que protege esa zona es mucho más resistente que el del resto del cuerpo, para…”  Su línea de ideas se fundió por un momento en un monótono zumbido. “…para proteger su interior, eso tiene que ser… entonces si consigo cortarle la cabeza o dañársela lo suficiente…”
Por el rabillo del ojo vio como Kasen arrastraba trabajosamente a la muchacha cerca de Eichi, cada vez más lejos de él y el Regice.

¿Podía hacerlo, realmente? ¿Podía sacarlos vivos de este lugar? Sus piernas comenzaron a moverse lentamente, y antes de siquiera darse cuenta, estaba corriendo hacia el Pokemon legendario, desenfundando con tremenda dificultad las Hirameku, que chirriaron en protesta contra sus fundas. Se le antojaron obscenamente pesadas.
Cada zancada le vaciaba los pulmones del poco aire que guardaban, y en algún rincón de su cabeza estaba conciente de que era una locura. Pero saltó.

El golpe fue brutal.

No supo si se trató de una técnica de hielo, o simplemente el martillazo de la criatura, repeliéndolo como a un insecto, lo que chocó contra su cráneo, pero sintió un impacto que le sacudió los sesos. Derrapó con terrible violencia sobre un hombro, hasta detenerse envuelto en una nube de nieve en polvo.
Curiosamente, no sintió ningún dolor, tan solo el hormigueo que uno siente al pisotear el suelo con un pie amodorrado. Se dio cuenta de que el golpe debió haber sido bastante serio cuando no pudo levantarse al tercer intento.
Respirando cada vez más rápido, pero al mismo tiempo sintiéndose más y más asfixiado, notó como tenía docenas de pequeños fragmentos de hielo incrustados hondo en la carne del brazo izquierdo, que había frenado su caída. Consideró el que no le duela vagamente alarmante.
Cuando al fin logró tambalearse sobre sus pies, ignorando los crecientes temblores,  se preguntó por qué no estaba siendo atacado, hasta que su cerebro halló la respuesta más lógica entre el caos silencioso.

Giró en redondo, a tiempo para ver como Kasen, quien hasta entonces se encontraba envolviendo a los dos jóvenes a su cuidado en una suerte de abrazo calorífico (Kuro no perdió el detalle de que habían dejado de lucir como cadáveres), se adelantaba, inhalando y escupiendo un torrente de brazas que colisionó en el núcleo mismo del rayo helado del golem.
Pero el ataque de fuego no tenía substancia, y era evidente que Kasen estaba empleando toda su energía en no caer de rodillas, estremeciéndose casi tan violentamente como Kuro.
El Regice echó un brazo hacia atrás, manteniendo eficazmente el equilibrio mientras disparaba con el restante. El relámpago blanco ahogaba las ascuas con creciente facilidad
Kuro trastabilló en su patética lucha por llegar a ellos, pero luego cayó en la cuenta de que aún si lo lograba, no podría hacer más que postergar lo inevitable, y quizás ni siquiera eso.
Sólo había una manera.
-“Mierda”.

<Mis intentos de convencerme a mi mismo de que no lo necesitaba, de que era tan solo un arma descartable, como un cuchillo de caza al que se le estropea la hoja por la sangre endurecida, habían llegado a un abrupto, y debo decir, humillante final.>

Coordinar su mano morada para cerrarse en torno a la esfera negra resultó un desafío que no esperaba, y las convulsiones de su brazo eran tales que estuvo a punto de resbalársele más de una vez.
Kuro dejó caer los párpados, la monster ball gimiendo entre sus dedos.
-Si esas garras tuyas están malditas también… -Murmuró, los labios contra el metal frígido de la esfera –…entonces nos iremos juntos al infierno, tú y yo.

El Regice cortó su ataque de pronto, disolviéndose éste en un gélido chispazo ante los estupefactos ojos del Combusken.
Quedándose muy quieto sin quebrar su posición de ataque, de haber tenido ojos como los del resto de los seres vivos, tal vez la leyenda de hielo habría seguido la mirada del ave de fuego para descubrir qué era aquello que había sentido tan fuera de lugar en la cueva. Pero sus sentidos inexplicables sin duda ya lo habían encontrado.

De cuclillas sobre el grueso brazo de cristal que la Deidad del Hielo extendía hacia atrás, dándole la espalda, Hasaki el Zangoose levantó lentamente la cabeza.
La luz pura que manaba naturalmente del Regice, ahora teñida levemente de zafiro, por alguna razón no llegó a descubrir su rostro de las sombras.
 
 

Continuará...

 

 

 

 
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